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La
larga marcha de los vencidos La victoria de Franco supuso la expulsión de todo un Estado, desde su presidente hasta el más humilde de los maestros
Los nacionales ganaron,
pero la Nación se jibarizó: casi 500.000 vencidos emprendieron
la huida ante el triunfo del oscurantismo fascista. Bajo la nieve, harapientos
y derrotados, los integrantes de un pueblo que hundía sus raíces
en el Siglo de las Luces y que acababa de ser destrozado empezaban una
larga marcha que sólo en muy contadas ocasiones tendría
un final feliz. El éxodo
brutal no tenía precedentes ni siquiera en un país cuya
historia, como recordaría luego el poeta Jaime Gil de Biedma,
es la más triste de todas las historias. Ni siquiera el país
que había expulsado antes a los judíos, a los liberales,
a los progresistas y a tantos otros que ponían en riesgo la visión
más estrecha de una nacionalidad vinculada casi siempre al trono
y la cruz era capaz de imaginar algo parecido: la expulsión de
todo un Estado, desde su presidente hasta el más humilde de los
maestros. La victoria de Franco
forzó la emigración de medio millón de españoles "Lo que sucede
en 1939 es incomparable con cualquier otra catástrofe anterior:
es un desastre incalculable, imposible incluso de evaluar, e irrecuperable",
opina Francesc Vilanova, historiador de la Universitat Autónoma
de Barcelona (UAB) especializado en el exilio. Y añade: "El
coste es salvaje y va mucho más allá de una cuestión
numérica. La pérdida cultural, intelectual y científica
es inconmensurable". Tras la huida de la represión aguardaba
además la odisea: para casi todos, los deplorables campos de
refugiados en Francia, que eran más bien campos de concentración. Y luego, la lotería:
la deportación, los campos de concentración nazis, la
guerra contra el fascismo en suelo francés, la nueva vida gris
y sin brújula en la Unión Soviética, el regreso
y la represión en España, la lucha por el sustento básico
en América Latina o, en ocasiones, el éxito empresarial
o académico al otro lado del Atlántico. Pero siempre la
añoranza y la tristeza de la derrota de la República,
que muy pronto se vio que iba a ser para siempre. "De esta catástrofe
sólo hay una cuestión buena: la aportación extraordinaria
de todo lo mejor que tenía España hacia América
Latina y Francia, sobre todo, en el ámbito académico",
opina el sociólogo José Vidal-Beneyto. Sólo el México
de Lázaro Cárdenas aceptó sin reservas a los republicanos
sin patria. Pero más allá de los Estados y sus cadenas
con la realpolitik de la época, el éxodo despertó
"extraordinarias muestras de simpatía en los pueblos de
muchos países", recuerda el director de la Fundación
Pablo Iglesias, Salvador Clotas. La larga marcha del exilio duró casi 40 años. Pero aunque algunos exiliados acabaran regresando, su país se perdió para siempre. |