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María Ofelia Santucho: La revolución en las venas
Hija de Oscar Asdrúbal,
fundador del PRT-ERP y hermano del líder guerrillero, fue secuestrada
a los 15 años por el Ejército junto a su madre, hermanas
y primas y llevadas a Campo de Mayo. Rescatada por la organización,
vivió asilada un año junto a su familia en la embajada
cubana, hasta que Videla la dejó salir hacia la isla, donde actualmente
reside. De visita en Córdoba,
habló con Veintitrés. A pesar del tremendo
golpe que significó la muerte de su padre en una emboscada en
el monte tucumano en octubre del 75, María Ofelia no se
amilanó. Había mamado de él su amor por la causa
revolucionaria, y el mejor homenaje que podía hacerle a su papá
guerrillero era seguir militando en la Juventud Guevarista, la organización
juvenil-universitaria del PRT-ERP. Con quince años cumplidos
en abril, su ámbito de trabajo eran los partidos de Morón
y Moreno, donde la organización guerrillera había trasladado
su cuartel central. El impresionante desarrollo de su frente fabril
en Villa Constitución llevó al Buró Político
a instalarse, a fines del 74, en el norte del Gran Buenos Aires. El Ejército
lo sabía. Desde hacía un año había empezado
su trabajo de infiltración en las organizaciones político-militares,
y desde octubre tenía luz verde para aniquilar la subversión.
Los decretos firmados por Italo Luder a cargo de la presidencia en reemplazo
de Isabel Perón, habían abierto de par en par las puertas
de la represión ilegal, y el Ejército desplegó
toda su maquinaria de terror a lo largo y ancho del país. Mario Roberto Santucho,
máximo líder del PRT-ERP, era la obsesión. El enemigo
público número uno. Con el objetivo
de cazarlo, los grupos de tareas del Ejército comandado por Videla
jugaron su carta más sucia: a las cinco de la tarde del 9 de
diciembre, mientras sus hermanas y primas correteaban junto a otros
chicos de la cuadra en el jardín de la casa, un grupo de ocho
personas vestidas de civil irrumpió con violencia por puertas
y ventanas en la vivienda de avenida Palacios 3323, del partido de Morón. Entre gritos
e insultos buscaban armas, materiales y nos pedían que nos identificáramos.
Con ametralladoras y otras armas largas, amenazaron con matar a Mario
Antonio, el hijito de Roby, de diez meses. Aterradas, con mi mamá
dimos nuestros nombres falsos, porque hacía un año que
vivíamos como la familia Gómez. Pero no nos
creían. Después de
revolver todo, uno de los hombres me pidió que caminara de un
extremo al otro de la cocina, y dijo: No busquen más, estos
son los hijos de Santucho. El relato pertenece a María
Ofelia, quien junto a su madre, sus tres hermanas, los cuatro hijos
de Roby y uno de Elías Abdón, miembro del PRT-ERP que
también vivía en la casa y había sido secuestrado
dos días antes, fueron sacados a la vista de todo el barrio,
introducidos en cinco o seis Ford Falcon, y llevados a Campo de Mayo
para ser interrogados. Cuando los tipos dijeron a dónde nos llevaban, creí que nos mataban, dice a Veintitrés la hija mayor de Oscar Asdrúbal Santucho, de visita en Córdoba. En el poco rato que le deja la gira cultural que junto a su esposo, el periodista y cineasta Víctor Casaus, y otros artistas cubanos realizan por distintas provincias argentinas, María se detiene para contarnos momentos de una historia apasionante, vivida en medio de la violencia política, el drama familiar y el terrorismo de Estado.
Símbolo.
Roberto Santucho, emblema de una agrupación Mi papá guerrillero.
Todo comenzó
en 1970, cuando mi papá se fue a vivir a Tucumán,
dispara María Ofelia, nacida en Santiago del Estero al igual
que toda la familia Santucho. En julio de ese
año,tres meses después de que ella cumpliera diez años
el Partido Revolucionario de los Trabajadores, que su padre y su tío
Roby habían fundado el 25 de mayo de 1965, decidió crear
el Ejército Revolucionario del Pueblo. La decisión de
fundar el brazo armado de la organización política obligó
a los hermanos Santucho a pasar a la clandestinidad, sobre todo después
de la fuga de Roby el 9 de julio del penal de Villa Urquiza, en Tucumán. Perseguidos por
la dictadura de Levingston, la policía y Ejército tenían
vigilada a toda la familia. Mis hermanas y yo sabíamos,
a grandes rasgos, la militancia de mi padre. Él nos hablaba mucho,
nos decía que peleaba por una patria más justa, y que
por eso tenía que viajar tanto. Mi mamá no estaba de acuerdo,
creo que muchas de las diferencias que ellos tuvieron fue a partir de
la política, recuerda María Ofelia, casi cuarenta
años después. Como sabía que lo estaban buscando
y no quería que nos pasara nada, nos daba recomendaciones de
seguridad para protegernos. No podíamos comentar nada en la escuela
ni con nuestros amiguitos de lo que él hacía. Pero un
día, no me olvido, el Ejército desplegó un gran
operativo en el barrio buscando a mi padre. Hizo un rastrillaje
casa por casa, pero él ya no estaba. Esta nueva situación,
diferente a sus primeros años de militancia en el PRT, llevó
a Asdrúbal a compartir cada vez menos tiempo con su familia,
compuesta de su mujer Ofelia, y las cuatro niñas: María
Ofelia, María Susana, María Silvia y María Emilia.
El crecimiento de la organización guerrillera, que durante el
71, 72, 73 y 74 se expandió con fuerza
en Córdoba, Tucumán, Rosario, Buenos Aires y La Plata,
y las cada vez más responsabilidades de Asdrúbal en el
PRT-ERP, obligaron a los Santucho a mudarse a una casa de Morón.
Pero mi mamá no estaba feliz, y se volvió a Santiago
a principios del 75, dejándonos una carta. Cuando llegó
allá, la policía la detuvo para atrapar a mi papá.
Al cabo de un tiempo la soltaron y se volvió con nosotras y mi
viejo a Morón, donde yo ya había empezado, con catorce
años, a militar en la Juventud Guevarista. Cartas al monte.
Dos días
después de que el ERP atacara exitosamente el cuartel Fray Luis
Beltrán, en Santa Fe, María Ofelia cumplió quince
años. Ese día, en la casa de Morón, fue la
última vez que se reunió la familia Santucho completa.
Ahí estuvieron mi viejo, Roby, René, Amílcar, todos.
La cumpleañera lo cuenta, una profunda emoción embarga
su rostro. Después, en mayo, mi viejo subió al monte
para hacerse cargo del área de comunicaciones. Cuando Asdrúbal llegó a la selva del Aconquija, el Ejército hacía tres meses que operaba ilegalmente contra las fuerzas guerrilleras. Por presión de los militares y de López Rega, el 5 de febrero del 75 Isabel Perón había firmado el decreto secreto 261, que autorizaba a las Fuerzas Armadas a entrar en operaciones en la provincia de Tucumán con el fin de aniquilar a la guerrilla. Ahí empezaron los secuestros, las torturas y las desapariciones que ocho meses después se expandirían por todo el territorio nacional. Yo, para ese entonces, había empezado a prepararme para ir a la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez. Para subir allá
había todo un entrenamiento, que estaba haciendo con Liliana
Delfino, la mujer de Roby. Mientras tanto, me comunicaba con mi papá
por carta. Había aprendido a escribir con letra minúscula,
porque las cartas no podían ocupar mucho lugar y peso. Así
nos mantuvimos en contacto hasta que él bajó por última
vez, en agosto. Cuando lo ví casi me muero, estaba hiperflaco,
todo desgarbado, y muy bronceado, la cara toda ajada por el sol,
dice María, que ya se había comprado las zapatillas
para subir al monte. Aunque para agosto la represión militar
había producido cientos de secuestros y desapariciones entre
la población urbana y rural de Tucumán, la base de apoyo
de la guerrilla, Asdrúbal le habló a su hija de zonas
liberadas a punto de ser controladas por el ERP. Dos meses después,
en octubre, cuando bajó junto a Manuel Negrín, otro cuadro
del ERP, a hacer un reconocimiento, los soldados lo estaban esperando.
Era de madrugada, cuatro y media, cinco de la mañana. Apenas mi papá
y Negrín hicieron palmas para llamar a los dueños de casa,
distintas ráfagas de ametralladoras los acribillaron a los dos.
Los milicos los subieron a un camión del Ejército, los
taparon con una bolsa, y se los llevaron ante la vista de los campesinos.
Roby, que estaba en el monte, se enteró en el acto por sus contactos.
Desesperado, preguntó a unos campesinos cómo estaban vestidos
los muertos, y la gente le confirmó que si bien ambos estaban
muy destrozados, pudieron divisar que se trataba de un hombre de pelo
blanco, de ojos verdes, vestido con una camisa a cuadros y un pantalón
marrón, la misma ropa con la que había salido mi papá.
Fue un golpe durísimo para Roby, que en noviembre bajó
del monte y se volvió a Buenos Aires. Mi papá era su hermano
más cercano. La casa de Monte Chingolo.
Roby.
Santucho con su familia en un antiguo retrato En Morón
vivíamos yo, mi mamá, mis tres hermanas y Elías
Abdón junto a su hijo de cuatro años. A este compañero
le decían el Turco Martín, y militaba en el área
de logística del ERP. Era una casa operativa, utilizada durante
todo el año 75 para hacer reuniones. Yo me acuerdo de cinco
o seis en las que estuvo Roby, y si estaba él, era porque se
planificaban acciones importantes. Si bien María no lo
sabía, porque tenía órdenes de no preguntar nada
para protegerse en una eventual caída, desde principios de año
el ERP había empezado a organizar un megaoperativo guerrillero,
en el cual Abdón tenía una función clave. Esa importante
acción, que muchas veces se discutió en su casa sin saberlo,
era el ataque al Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno,
próximo a la localidad bonaerense de Monte Chingolo, pensada
para fines de diciembre. Aunque los Santucho
eran para todo el mundo la familia Gómez, y todos
los días salían con el delantal para ir a la escuela,
en realidad era toda una fachada para despistar a sus enemigos. Salíamos
con el uniforme para la casa de mis abuelos Manuela y Francisco, que
también vivían clandestinos en Morón, y después
de unas horas regresábamos a nuestra casa, simulando venir de
la escuela. Durante todo ese
año nunca asistimos a clase. Aprendíamos leyendo, porque
mi papá siempre nos hizo leer mucho. A principios de diciembre,
cuando supuestamente terminaron las clases, Roby llevó
a sus hijas Ana Cristina, de 14 años; Marcela Eva, de 13; Gabriela
Inés, de 12, y Mario Antonio, de diez meses, a pasar unos días
junto a sus primas. El 7 de diciembre,
luego de analizar decenas de informes de inteligencia que un infiltrado
en la logística del ERP le pasaba al Batallón de Inteligencia
601 del Ejército, una patota capturó en una casona de
Wilde al Comandante Pedro, jefe del ataque a Monte Chingolo,
al Turco Martín y a otras doce personas ligadas al
aparato de logística del ERP. Dos días después,
otra patota ingresó a la casa de los Gómez y se llevó
a mamá Ofelia y los nueve niños al campo de concentración
que funcionaba en Campo de Mayo bajo las órdenes del temible
general Santiago Omar Riveros, jefe de Institutos Militares desde agosto
del 75 hasta enero del 79. La tarea que el Oso
Ranier, el agente que el Servicio de Inteligencia del Ejército
(SIE) había infiltrado en el ERP meses atrás, había
sido un éxito rotundo. Final de película. Según fuentes
militares, el secuestro de los Santucho se hizo para provocar a Roby
y detectar así sus movimientos. Lo cierto es que cuando llegaron
a Campo de Mayo, su cuñada y los niños fueron encapuchados
y amenazados. Recuerdo gritos de personas que parecían ser golpeadas,
ladridos de perros y portazos de autos que entraban y salían
en medio de la noche. Al cabo de unas
horas, me llevaron hasta otra habitación, con alfombra roja y
me interrogó uno al que le decían Mayor. Este
sujeto me preguntó por mi tío y otras personas de la organización,
y todo el tiempo me quería hacer creer que ellos sabían
que nosotros sabíamos cosas de mi tío y de otros militantes.
Yo lo negaba. Me sacaban y me volvían a entrar. Cuando me devolvieron
a donde estaban mis hermanas y primas, escuché que las humillaban
y las amenazaban sexualmente, dice María Ofelia. Al día
siguiente trasladaron a todos los menores a la comisaría de Quilmes,
menos a su madre. Los bajaron al Pozo
de Quilmes, que funcionaba en el sótano de la comisaría,
con varias celdas. Esa noche llegó el Mayor de Campo de Mayo,
quien se identificó como Peirano, pero cuyo verdadero
nombre y cargo era coronel Carlos Españadero. Aunque María
no lo sabía, este militar era el nexo entre el coronel Antonio
Valín, jefe del SIE, y el Oso Ranier. A los dos
días Peirano trajo a mi madre, que había estado en contacto
con otras compañeras del PRT-ERP, entre ellas la mujer de mi
primo, que está desaparecida. Peirano nos llevó a un hotel
en Flores, y se mantuvo en contacto permanente. Al día siguiente
se fue con mi mamá y una de mis hermanas a nuestra casa de Morón. En ese ínterin,
apareció un grupo del PRT-ERP comandado por Eduardo Merbilhaá,
un alto jefe de la organización para llevarnos a la Embajada
de Cuba. Como mi madre no regresaba, ellos decidieron partir por temor
a que fracasara la operación. Yo les dije que la esperaba. Cuando
llegó, acompañada de Peirano, este preguntó por
los chicos. Están
jugando en la plaza, le contesté. Él me creyó, y pasó a explicarnos su plan: Tengo un amigo millonario en Estados Unidos que les va a conseguir identidad falsa para que vivan tranquilas allá. Yo me voy a hacer cargo de todo, mañana comienzo los trámites del pasaporte. Cuando se fueron,
mi madre, mi hermana y yo nos subimos a un taxi y llegamos a la embajada,
donde estaban esperándonos el resto de mi familia. Hasta el día
de hoy circulan versiones sobre el secuestro de los Santucho y su posterior
liberación. Algunos dicen que
Videla no se animó a matarlos, porque el caso hubiera sido un
escándalo internacional, en el marco de un gobierno democrático.
Que inauguró el terrorismo de Estado secuestrando y asesinando
en silencio, pero democrático al fin. Otros dicen que
Valín recibió la propuesta de Peirano de entregarlos a
Santucho, y que el jefe del 601 subió el pedido vía escala
jerárquica al Estado Mayor. Como a la semana no había
obtenido respuesta, Valín le dijo a Peirano: Agarre el
coche y saque a esos pibes, si no, los van a matar, no hay contestaciones
del Estado Mayor. Ofelia, la mamá de María, lo atribuye
a que el ERP le envió un comunicado al Ejército alertándolo
de graves represalias si algo le pasaba a un familiar de Santucho, y
que por eso los soltaron. Una vez en la embajada,
al hijito de Roby y al de Abdón se los llevó una de las
hermanas de éste. El resto solicitó asilo político,
que fue concedido inmediatamente. María recuerda los hechos como
si los estuviera reviviendo. Solicitamos
permiso para salir del país, pero el gobierno de Isabel se negó
por presión de los militares, que ya controlaban la situación. Después vino
el golpe del 24 de marzo, y la dictadura de Videla volvió a denegarnos
la visa, secuestrando como represalia a dos empleados de la embajada
que están desaparecidos. Ahí, encerrados
en Buenos Aires, tuvimos que enteramos de la muerte de Roby en julio
del 76. Una noticia durísima, terrible. Recién un
año y una semana después, en diciembre de ese año,
el gobierno militar nos concedió los salvoconductos que nos permitieron
salir de la Argentina y llegar a Cuba, país que nos acogió
con gran amabilidad, y en el cual pude rehacer mi vida y ser feliz,
a pesar de todo. Argentina-cubana, como el Che
A diferencia de
sus hermanas y sus primas, María Ofelia Santucho se radicó
en Cuba, donde la recibieron como la hija del Che Guevara. Nada
que ver cuando volví a la Argentina en 1986 y me llevé
una desilusión enorme al ver que aquí estaban con la Teoría
de los dos Demonios. Por suerte con el gobierno de Kirchner los argentinos
hemos empezado a colocar cada cosa en su justo lugar, y a juzgar a los
genocidas. En la tierra que
enamoró al Che, María se licenció en Historia del
Arte en la Universidad de La Habana, realizando trabajos de investigación
cinematográfica sobre el cine cubano y argentino. Fue en ése ámbito donde conoció a Víctor Casaus, poeta, cineasta, narrador y periodista cubano, con quien se casó y tuvo dos hijas. Con Casaus y dos trovadores caribeños, el grupo está de gira por distintas provincias presentando el espectáculo Nuestra voz
para vos 2009, en el cual muestran su poesía, sus publicaciones,
su arte digital y su trova. Además, María
y Víctor son fundadores del Centro Cultural Pablo de la Torrente
Brau, una institución cultural independiente en el cual confluyen
debates sobre la memoria, la historia oral, el arte digital, la nueva
trova cubana y el diseño gráfico. Con Víctor
tratamos de venir a la Argentina por lo menos una vez al año
a presentar nuestro arte y a visitar a mis primos, que como los Santucho
fueron muy perseguidos y castigados por la dictadura. Veintitrés|30 de julio de 2009 |