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Piratería e Imperio La actual guerra
contra la piratería, que se extiende a los tribunales kenianos
y estadounidenses después pasar meses hirviendo a fuego lento
ante las costas de Somalia, es sólo la última en una larga
serie de acciones de EE.UU. al servicio del imperio contra protagonistas
no-estatales. La Guerra Global contra el Terror, que el
gobierno de Obama reemplazó recientemente por el término
más vago de operaciones de contingencia en ultramar,
justificó un aumento en gran escala de los gastos militares,
dos grandes intervenciones, y llamados explícitos a que EE.UU.
mantenga su poderío sin igual. Al poner en peligro los puntos
neurálgicos marítimos del mundo, los piratas emergen como
la última amenaza no-estatal: los terroristas de los mares. Sin embargo, no es una historia nueva. Hace doscientos años, los piratas de Barbería llevaron a los primeros gastos militares de importancia en la historia pos-revolucionaria de EE.UU. y aumentaron el perfil del Cuerpo de Marines de EE.UU. Después de
los ataques del 11-S, los conservadores utilizaron comparaciones forzadas
entre esos piratas y al-Qaeda como justificación para invadir
Afganistán y lanzar una guerra global contra el terrorismo. Hubo piratas presentes
en la creación del imperio de EE.UU. ¿Han vuelto para
el acto final del imperio? Los neoliberales y los neoconservadores tienen diferentes respuestas a esta pregunta. El mito del guerrero
renuente Según un
agradable mito liberal excepcionalista, EE.UU. siempre ha defendido
la democracia en el extranjero y ha renunciado a primeros ataques militares.
George Washington, quien estableció un ejemplo al renunciar a
su cargo militar para convertirse en el primer presidente civil del
país, recomendó la neutralidad en la política exterior
del nuevo país. Como tema utilizado por Jefferson en su advertencia
contra alianzas enmarañadas, la neutralidad de los
Padres Fundadores inspiró un siglo de subsiguientes aislacionistas.
En el Siglo XX, EE.UU. entró a dos guerras mundiales sólo
cuando fue provocado (el Lusitania, Pearl Harbor), y libró las
guerras de Vietnam y Corea no para conseguir ventajas territoriales
o por ambición imperial sino para defender a todo el Mundo Libre
de una creciente mancha roja. Las recientes guerras en Afganistán e Iraq pueden ser reempaquetadas para que se ajusten a esa narrativa inofensiva. Lanzamos la guerra contra los talibanes sólo después de que nos atacaron el 11 de septiembre. Luego apuntamos (inicialmente) a Sadam Husein por sus vínculos con el terrorismo, la amenaza (después) de sus armas de destrucción masiva, y (finalmente) por su verdaderamente atroz historial de violaciones de derechos humanos. En los tres casos, fuimos guerreros renuentes y combatimos por cuenta de otros, por razones altruistas de seguridad general o de democracia iraquí. En la más
amplia Guerra Global contra el Terror, según la doctrina Bush,
EE.UU. combate a terroristas en el extranjero para que no tengamos que
combatirlos en nuestro suelo. La guerra preventiva, aunque
pueda parecer imprudente y agresiva, es en los hechos prudente y defensiva.
Como guerreros renuentes, loa estadounidenses son en última instancia
hijos de George Washington. Es un hermoso cuento de hadas para contarlo a niños a la hora de acostarse o a la ONU en tiempos de guerra. Pero, patrocinadores de la Guerra Global contra el Terror, incómodos con la visión de EE.UU. como pacífico excepto cuando es provocado, construyeron una contra-narrativa para servir sus propios propósitos. Para justificar una agenda bastante poco liberal la adopción de masivos aumentos de los gastos militares, la suspensión de leyes internacionales como las Convenciones de Ginebra y la Convención de la ONU contra la Tortura, la perpetración de violaciones generalizadas de las libertades cívicas dentro del país los neoconservadores prefirieron una narrativa con más testosterona. Ni siquiera se avergonzaron al utilizar la palabra imperio. Su contra-narrativa
ha rastreado la historia intervencionista de EE.UU. desde el comienzo
del imperio estadounidense hasta fines del Siglo XIX pasando por la
construcción del Siglo Estadounidense durante la
Guerra Fría. Esa desenfadada adopción del imperio suministra
el elemento crítico el thymós o el deseo y el esfuerzo
y por lograr reconocimiento cuya defunción fue lamentada
por Francis Fukuyama en el fin de la historia. Los nostálgicos
por la era del imperio reconocen que el mundo tiende hacia una inmensa
democracia uniforme de mercado. Pero siguen existiendo por ahí
diversas fuerzas antidemocráticas y anticapitalistas vestigios
comunistas como Cuba, potencias autoritarias como China, líderes
dictatoriales como Robert Mugabe de Zimbabue, y la junta de Myanmar
y los facilitadores de la Vieja Europa carecen de
las agallas para resistir a toda esa tiranía. Sólo el
coraje y el poder de fuego pueden restaurar el thymós a su lugar
de honor en el desarrollo de la historia del mundo. La historia convencional
de la expansión de EE.UU. en el extranjero se ha concentrado
en que habría repelido a otros imperios y naciones-estado: españoles,
soviéticos, vietnamitas, norcoreanos. Perceptiblemente ausentes
en esa lista, excepto por un breve período durante el gobierno
de Reagan, han quedado los protagonistas no-estatales y el mundo musulmán.
Como tal, la campaña inspirada por los ataques del 11-S pareció
ser un desvío en la historia de EE.UU.: una reacción sin
precedentes a un evento sin precedentes. La Guerra Global contra el
Terror se exponía a parecer no-estadounidense en su singularidad.
Después de todo, ¿no fueron las Cruzadas algo europeo?
¿No fue el terrorismo un problema local para Londres, Madrid,
Moscú, y Beijing? ¿No eran los Estados totalitarios los
que libraban guerras globales? De modo que, después de que decreció el choque inicial de los ataques del 11-S, los arquitectos de la nueva campaña de contraterrorismo se apresuraron a establecer una continuidad histórica. Para sustentar lo que se convertiría en la campaña militar más cara de la historia de EE.UU., era importante fabricar una genealogía tal como la familia de un nuevo rico construye un escudo de armas falso para establecer un orgulloso y aristocrático linaje. La Guerra Global contra el Terror tenía que convertirse en una expresión esencial del destino de EE.UU. en lugar de ser un desvío del camino hacia una economía liberal de mercado global. De esta manera,
los propugnadores de la guerra global contra el terror descubrieron
a los piratas de Barbería. A fines del Siglo XVIII y comienzos
del XIX, EE.UU. mantuvo un conflicto de dos décadas de duración
contra varios Estados a lo largo de la costa norafricana. La campaña
inspiró la expansión de los Marines y la creación
de la moderna Armada de EE.UJU. En días de debilidad general
de EE.UU. luchando con poco éxito contra los franceses
y los británicos las guerras de Barbería constituyeron
un raro éxito para la joven república. Fue, en breve,
una historia predispuesta para ser abusada: una guerra contra terroristas
musulmanes antes de los hechos que resultó en una victoria militar
de EE.UU. y un temprano triunfo del libre comercio. La interpretación
errónea de este episodio en la historia de EE.UU. es muy reveladora
sobre los objetivos de la guerra global contra el terror. Y sirve como
punto de salida útil para una consideración del futuro
de la disputa entre los neoliberales y los neoconservadores sobre la
trayectoria del poder global en lo que Thomas Friedman ha llamado una
era de piratería. Un paralelo pirata
forzado Los propugnadores
de una Guerra Global contra el Terror no tuvieron que buscar mucho en
los libros de historia después del 11-S para encontrar lo que
necesitaban. Thomas Jewett, en la edición de invierno/verano
de Early America Review, escribió que el 11-S no es el
primer conflicto en el que EE.UU. ha enfrentado semejantes ofensas contra
la vida y la propiedad. Hubo otra época en la que se determinó
que la diplomacia no sería sólo fútil, sino humillante
y a la larga desastrosa. Una época en la que un rescate o tributo
no compraría la paz. Una época en la que la guerra era
considerada más efectiva y honorable. Y una época en la
que la guerra se libraría, no contra grandes concentraciones
de poderío militar, sino por pequeñas bandas formadas
por individuos de espíritu indomable. Hace casi 180 años
nuestro joven país atacó Trípoli bajo circunstancias
que son extrañamente similares a los tiempos contemporáneos.
Los panfletistas
identificaron rápidamente los paralelos religiosos. Rick Forcier,
director ejecutivo de la Coalición Cristiana del Estado de Washington,
escribió en noviembre de 2001 sobre el terrorismo: Es bastante
antiguo, y así es su empleo por fundamentalistas islámicos,
quienes durante siglos, han atacado con bombas, secuestrado, raptado,
asesinado y extorsionado para difundir su religión y la gloria
de su dios Alá. Conocidos en el pasado como piratas de
Barbería, los terroristas hicieron que el mundo de otrora
temblara ante el pensamiento de ser capturado en alta mar y ser muerto
o vendido a los traficantes de esclavos de Timbuktú. El periodista conservador
Joshua London también tocó el tema de la Guerra Santa.
Escribiendo en The National Review, opinó: Aunque hay mucho
en la historia de las guerras de EE.UU. contra los piratas de Barbería
que es de relevancia directa con la actual guerra global contra el terrorismo,
un aspecto parece ser particularmente instructivo para informar nuestro
entendimiento de los asuntos contemporáneos. Dicho de modo muy
simple, los piratas de Barbería eran musulmanes comprometidos,
militantes, que insistían en hacer exactamente lo que decían.
Tres años
después, cuando el entusiasmo por la Guerra de Iraq seguía
siendo fuerte en las filas conservadoras, Christopher Hitchens escribió
una apología de alto perfil de Thomas Jefferson y su tratamiento
de los piratas de Barbería en la revista Time. El punto de partida
para Hitchens fue el carácter definitivo de Jefferson. Considerado
en conjunto con algunas otras acciones ambiciosas y casi-constitucionales
de Jefferson la Compra de Luisiana y el envío de la expedición
de Lewis y Clark al Oeste la guerra de Barbería lo expuso
a algunas críticas federalistas y en los periódicos por
su secretismo, su prepotencia y su estilo exageradamente presidencial.
Pero no fue posible argüir contra el éxito, escribió
en una obvia reverencia hacia el gobierno de Bush. En su minería de la historia estadounidense, periodistas, historiadores, y activistas conservadores encontraron las pepitas que buscaban: las humillaciones de la diplomacia, la importancia de demostraciones individuales de valor (¡el thymós!), las contribuciones de un poderoso presidente, y la perfidia militante de los musulmanes. Este establecimiento de paralelos entre los talibanes y al-Qaeda por una parte y los piratas de Barbería por la otra logró varios objetivos. Primero, estableció que los propios Padres Fundadores de EE.UU. habían ido a la guerra contra terroristas islámicos, dando a la guerra global contra el terror un pedigrí indiscutible. Segundo, reveló que desde el comienzo, el apaciguamiento en la forma de diplomacia estéril y del pago a chantajistas era poco efectivo, y que sólo una enérgica reacción militar podía asegurar la victoria. Tercero, esas batallas
necesitaban nuevos enfoques (guerra preventiva) y nuevas capacidades
(una armada expandida, una guerra centrada en la red). Finalmente, no
se trataba de un simple conflicto local sino de una guerra global entre
fundamentalistas retrasados y los que defendían el vigor de la
ley. Los mismos temas
reaparecieron en una más reciente vinculación de la reacción
del gobierno de Obama frente los piratas somalíes con el enfoque
de Jefferson ante los piratas de Barbería. Los piratas somalíes
son musulmanes y vinculados a fundamentalistas, el apaciguamiento no
funciona, y la guerra es la respuesta. Y los expertos utilizan a los
piratas como argumento a favor de una transformación de las capacidades
del Pentágono. La asociación de piratas y terroristas
es tan poco probable hoy en Somalia como lo fue en la histórica
malinterpretación de las guerras de Barbería. El descubrimiento
de los piratas de Barbería es casi demasiado bueno como para
ser verdad como si un activista contra el aborto descubriera
un dictamen desapercibido de la Corte Suprema del Siglo XVII sobre la
concepción como inicio de la vida. Al proyectar sus prejuicios
hacia el pasado, los neoconservadores deformaron la historia para que
sirviera sus intenciones. Por cierto hay paralelos entre las Guerras
de Barbería y los conflictos actuales. Pero no son los paralelos
aprovechados por Jewett, London, y otros. La verdadera historia
del contraterrorismo A pesar de las interpretaciones
de los neoconservadores, las guerras de Barbería no tuvieron
que ver con la religión. Los Estados del Norte de África,
distantes tributarios del Imperio Otomano, no eran califatos islámicos
sino gobiernos seculares dirigidos por un dey y sus jenízaros
turcos. Clérigos musulmanes controlaban la esfera eclesiástica
pero tenían poco poder político real. Además, los
ataques contra los barcos comerciales no tenían nada que ver
con el yihad. Más bien, excluidos de los mercados europeos, Argel,
Trípoli y Marruecos se volvieron a la piratería para sobrevivir
económicamente. EE.UU., en el intertanto, no inició una
guerra santa contra esos Estados. En su lugar, estaba
librando la Guerra Revolucionaria a posteriori a fin de conseguir mercados
abiertos para productos estadounidenses. Fue, como argumentó
Thomas Paine en Common Sense, una clave para la supervivencia
de un país recientemente independizado. Pero Gran Bretaña
no dio la bienvenida al recién independizado EE.UU. en sus mercados.
Peor todavía, los británicos lanzaron a los piratas de
Barbería contra la navegación comercial de EE.UU. en el
Mediterráneo. Lo que algunos intérpretes contemporáneos
ven como una temprana confrontación entre Occidente y el Resto
un prototipo para el choque de civilizaciones fue en realidad
la continuación de una batalla entre EE.UU. y sus rivales europeos.
Sin embargo, existen
algunos paralelos útiles entre entonces y ahora. Por ejemplo,
los Padres Fundadores identificaron rápidamente a sus oponentes
de Barbería como piratas y negreros. Pero los británicos
interpretaron las incursiones realizadas por John Paul Jones durante
la Guerra Revolucionaria como poco más que piratería.
La piratería, como el terrorismo, depende del punto de vista
del observador. En cuando a la esclavitud, EE.UU. era en esos días
el centro de la trata de esclavos. La hipocresía del trato por
los Estados de Barbería de un par de cientos de marineros estadounidenses
cuando los negreros estadounidenses había llevando cientos
de miles de esclavos africanos no fue percibida por la mayoría
de los comentaristas de la época (con la notable excepción
de Benjamin Franklin). Se puede encontrar
un paralelo más pertinente en la esfera militar. A fines del
Siglo XVIII, EE.UU. carecía de fuerzas armadas que se pudieran
enfrentar frente a frente con las potencias europeas, mucho menos con
la flota de Barbería. Muchos Padres Fundadores consideraban que
una armada permanente era una amenaza para la libertad. Era costosa
y, con el fin de la Guerra Revolucionaria, no existían razones
compulsivas para gastar dinero en la construcción de barcos de
guerra. James Madison recomendó que EE.UU., en una temprana versión
de la Seguridad Interior, se concentrara en la defensa de las líneas
costeras. En 1794, sin embargo, el Congreso rechazó los argumentos de Madison y Jefferson y aprobó legislación, firmada por el presidente Washington, para la construcción de seis fragatas. Los propugnadores de la ley utilizaron a los piratas de Barbería como justificación explícita para ese fuerte aumento en los gastos militares, pero sin duda también pensaban en las flotas de Gran Bretaña y Francia. Había, sin
embargo, una cláusula interesante en la ley: Si llegara
a haber paz entre EE.UU. y la Regencia de Argel, no habrá actuaciones
ulteriores bajo esta ley. Después, EE.UU. firmó
un tal tratado con Argel. Washington invocó esa cláusula
en 1796 para reducir los desembolsos navales. Pero incluso entonces,
cuando el complejo militar-industrial estaba en su nadir histórico,
hubo preocupaciones sobre el desempleo en el sector de la defensa. De
modo que, en un compromiso, la temprana república siguió
adelante con la construcción de tres barcos. La guerra que terminó por acontecer entre EE.UU. y primero Trípoli, y luego Argel, estableció muchos de los mitos fundadores de las hazañas militares de EE.UU. (las hazañas de Stephen Decatur), nuevos tipos de guerra (misiones militares secretas), y la vinculación de la intervención en el extranjero con el comercio. En otras palabras, los neoconservadores del Siglo XXI recibieron una cierta mitología prefabricada en la cual basarse. Todo lo que necesitaban era vincular a los piratas de Barbería con al-Qaeda. Eso precisaba que se convirtiera a los agentes de gobiernos seculares con limitados objetivos económicos en musulmanes terroristas con los más amplios objetivos ideológicos. De esta manera, una guerra de EE.UU. contra el terrorismo islámico adquiriría la distinción de un antiguo interés nacional. Piratería
y globalización Cuando EE.UU. declaró
la Doctrina Monroe en 1823, sólo ocho años después
del fin de la Guerra Argelina, tenía el deseo, pero no la capacidad,
de mantener a sus rivales europeos fuera del Caribe y de Latinoamérica.
Fueron las guerras contra los Estados de Barbería y ciertamente
no la desastrosa guerra de 1812 lo que había dado a EE.UU.
la confianza necesaria para desafiar a los imperios europeos. Esos tempranos
conflictos suministraron a EE.UU. la retórica y la visión
de un imperio comercial cuando EE.UU. no era más que un simple
páramo. La noción
de que EE.UU. pudiera mantenerse fuera de guerras y de las sucias complicaciones
de la política imperial europea se acabó durante los conflictos
de Barbería. El crecimiento económico de EE.UU. dependía
del libre comercio, y los barcos de guerra de EE.UU. eran necesarios
para mantener abiertas las líneas de navegación. Cuando
Thomas Friedman escribió sobre la importancia de McDonnell Douglas
para la seguridad de los restaurantes McDonald's el puño
de hierro de los militares tras la mano invisible del mercado
heredó esa tradición de lógica imperial. Es también
el espíritu que animó la visión geoeconómica
de Bill Clinton de mantener el poder económico de EE.UU. mediante
la conservación del poder militar de EE.UU., que he llamado en
otro contexto globalización de cañonera. Con la presidencia
de Barack Obama, sobreviene una cierta versión resucitada del
enfoque de Clinton. Se deja de lado toda el habla de imperio, en la
que los adversarios son derrotados definitivamente, y viene el arte
de la hegemonía, en el que aliados y adversarios de EE.UU. son
persuadidos para que vean la confluencia de sus intereses y de los intereses
de EE.UU. Obama sigue comprometido con unas inmensas fuerzas armadas
está redistribuyendo tropas de Iraq a Afganistán,
aumentando la cantidad de soldados en 92.000 hombres, y manteniéndose
a la ofensiva de Djibouti a Kandahar" incluso
mientras promete utilizar su pericia persuasiva con los dirigentes de
Irán, Corea del Norte, y Venezuela. Obama ha prometido echar marcha atrás en algunos de los aspectos más ofensivos de la Guerra Global contra el Terror (Centro de detención de Guantánamo, la tortura) pero el marco general será mantenido bajo la designación AfPak. Mientras tanto,
el nuevo presidente se concentrará en la expansión del
poder económico global de EE.UU. como parte de un intento de
reanimar la moribunda economía del país. En este entorno neoliberal reanimado, al-Qaeda seguirá siendo el mismo importante otro que constituyeron los Estados de Barbería en el Siglo XVIII: una excusa útil para nuevos gastos militares y la proyección de la fuerza. Pero ahora se le suman otros herederos más directos del manto de Barbería: los piratas de Somalia. Esos piratas atacan la sangre vital misma de la globalización los barcos que transportan energía y bienes por el Canal de Suez tal como los piratas de Barbería bloqueaban la intención del temprano EE.UU. de convertirse en un protagonista económico global. Como parte de su
propia transformación después de la Guerra Fría,
la Armada está alejando su estrategia de la custodia de alta
mar al control de las líneas costeras. Ya ha tenido una importante
confrontación con China (relacionada con el USNS Impeccable).
Pero ante las inversiones de China en la economía de EE.UU.,
los piratas representan una justificación más segura para
este cambio de dirección. Los terroristas
en tierra y en el mar son útiles de otra manera. Precisamente
porque no son Estados sino entidades dispersas, los piratas y los terroristas
pueden servir mejor para justificar tanto una guerra global como una
nueva doctrina militar. El Pentágono ha insistido en costosos,
pero bastante anticuados, sistemas de armas para encarar la creciente
amenaza de China: portaaviones de tecnología avanzada, inmensos
destructores navales, y nuevos submarinos nucleares. Una amenaza dispersa,
mientras tanto, requiere una defensa dispersa: Bases militares de EE.UU.
(reconfiguradas como hojas de nenúfar [ciudades flotantes],
tanto mejores para salirse de ellas), unidades de reacción rápida,
nuevas capacidades de C4 (comando, control, comunicación y computadores).
También justifica una nueva doctrina militar que subraya la rapidez
por sobre la posición. Obama ha apoyado esos cambios. Permitirán
al Pentágono que reaccione rápido ante amenazas a los
intereses económicos de EE.UU., sean ataques paramilitares contra
oleoductos en el Golfo de Guinea y Colombia, disputas territoriales
que afecten rutas de navegación en el Sudeste Asiático,
o piratas en los Estrechos de Malaca. El fin de la Guerra
Fría creó una crisis de misión para la OTAN. ¿Para
qué era necesaria si la Unión Soviética ya no existía?
Pero esa crisis de misión podía ser aplicada más
generalmente al Pentágono. El celebrado segundo frente de la
zona desmilitarizada de Corea perdió su propósito cuando
Corea del Sur dejó de considerar a Corea del Norte como su enemiga.
La amenaza china disminuyó considerablemente cuando Beijing se
convirtió en el principal socio comercial de todos los países
de la región. Cuba ya no representaba ningún potencial
de amenaza aparte de enviar botes cargados de refugiados a la costa
de Florida. Sadam Husein está muerto. Colin Powell hizo la genial
declaración después de la primera Guerra del Golfo: Se
me acaban los malvados. Sólo me quedan Kim Il Sung y Castro.
Osama bin Laden llegó justo a tiempo para el gobierno de Bush.
Los piratas somalíes son el último lazo salvavidas para
el Pentágono. La conservación de altos gastos militares, sea para impulsar los duros objetivos imperiales de los conservadores o los suaves objetivos económicos hegemónicos de los neoliberales, requiere a malvados de una estatura comparablemente grande. El hermano de Castro y el hijo de Kim Il Sung no bastan. Si al-Qaeda no existiera Washington tendría que crearlos. Por cierto, en su
construcción de terroristas islámicos de piratas bastante
corrientes, ha hecho precisamente eso. pedroayres.blogspot |